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El artífice de la fastuosa belleza de esta zona chilena es el líquido elemento. Un verde intenso exquisito, impresionantes glaciares, ventisqueros colgantes con toneladas de hielo desafiando la gravedad, ríos embravecidos haciendo rugir sus espumosas aguas, lagos cristalinos que capturan las omnipresentes montañas nevadas en su superficie,... Tanta belleza y toda debida al agua… Agua que da vida... Bendita agua… Bendita agua maldita… Maldita agua de mierrrrrdaaaa!!!!… Arggggg!!!.

En La Carretera Austral no se puede sino odiar el agua, por muy bonita, necesaria y artífice de tanta belleza que sea. Ya nos habían advertido sobre cuánto llueve en esta zona del recorrido, pero jamás pensé que fuera para tanto. No es que lo hiciera con virulencia, pero sí que las perseverantes nubes nunca descansaban en su cometido de mantenernos bien empapaditos. Rarísimo era el día en el que nos podíamos tirar en el césped a comer y dormir una siestita

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una de las mejores cosas que nos pudo traer este tramo de la Patagonia fue conocer a la familia De Sola. Frederic y Clémentine eran dos simpatiquísimos franceses que viajaban desde hacía un año en bicicleta con sus tres hijos: Jean, de 8 años, Fanny, de 14 y Alban, de 17. El constante gris plomizo del cielo contrastaba con la luz que esta familia desprendía. Ellos representaban mucho de aquello que tanto anhelo. Una familia muy unida a la que tener hijos nunca les supuso un obstáculo para salirse de su zona de confort y lanzarse a sacarle el máximo jugo a la vida. Hubo mucho feeling en nuestro primer encuentro por lo que sin siquiera proponerlo nos vimos viajando los 7 juntos en un alegre y variopinto pelotón.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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