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En un par de días llegamos a Coyhaique, la ciudad más grande de la Carretera Austral. Allí Noe y yo nos separaríamos unos días para disfrutar un poco de nuestra soledad, así además ella podría adelantarse para hacer un treking y yo alargar mi estancia en la ciudad para trabajar en mis retrasadas crónicas.

Yo deseaba enormemente descansar largo y tendido en Coyhaique pues allí sabía que encontraría lo que tanto ansiaba; el calor y las comodidades de un hogar. Y es que desde hacía tiempo me esperaban Ely y Patricio, una pareja amiga de mi familia que desde el primer momento se desvivieron para dedicarse en cuerpo y alma a mí y a hacerme creer que su casa y el Edén eran una misma cosa.

¡Y vaya si lo consiguieron!. Nada más llegar me recibieron con jamón serrano y aceite de oliva de primera que hacía poco les habían traído de Andalucía. Poco más tarde tendría en la mesa para cenar un delicioso salmón al horno con un pastel de cangrejo fresco y al día siguiente un enorme congrio para almorzar. El menú no decayó durante los 10 días que estuve con ellos. Cada día Ely se devanaba los sesos para ver cómo sorprenderme

No obstante había en la casa un personaje que era atendido aún mejor que yo. Misifú, el gato más suertudo de todos los que he conocido en mi vida, era el primero en “sentarse a la mesa” a disfrutar de todas estas exquisiteces. Jamás me podría haber imaginado a un gato al que el atún pudiera parecerle una simpleza a la que “hacerle ascos”

 

A pesar de la insistencia de esta familia tan extremadamente generosa de que pasara las navidades con ellos, partí hacia el sur de nuevo con una ilusión bárbara de volver a la ruta y ver qué nuevas sorpresas me deparaba esta. Fueron tres los espectáculos realizados en Coyhaique, uno de ellos en un centro de niños especiales en el que fue especialmente emocionante actuar. Una de las cuidadoras de los chicos decía no salir de su asombro al ver a uno de ellos, quien sufría una parálisis cerebral considerable, reaccionar de una forma tan interactiva al ver las marionetas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A esas alturas del viaje había dejado de reparar por completo en el peso de mis alforjas. Mi cuerpo ya estaba totalmente adaptado a la carga que llevaba cerca de 2 años arrastrando. Solo me faltaba rebuznar. De esto me di cuenta al ir al supermercado antes de partir. Ya nunca me detenía a calcular los días que estaría sin abastecimiento, me limitaba sencillamente a comprar indiscriminadamente todo lo que se me antojaba y en cantidades excesivas. Había veces que, a pesar de llevar alforjas traseras delante (muy superiores en tamaño a las que le corresponden), no encontraba lugar donde meter tantas cosas y debía amarrar una bolsa de plástico en el exterior o incluso pedirle permiso a “mis niños” para robarles un poco de espacio en su caja. Así fue como abandoné Coyhaique, rebosando comida por todos lados

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