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No fue mucho el tiempo que estuve solo ya que pedalee a buen ritmo hasta llegar, un par de días más tarde, a un pequeño pueblo llamado Puerto Tranquilo desde cuya escuelita escribí a Noe para ver qué tal iba todo y saber cuánta ventaja me llevaba. La ventaja no superaba los 200 metros ya que sorprendentemente se encontraba en el mismo pueblo, un par de calles más allá del lugar desde donde le estaba escribiendo.

Esa noche celebramos el encuentro con un buen vino en un viejo muelle destartalado que encontramos escondido entre los arbustos, con un maravilloso atardecer y con la mejor de las compañías. Fue una velada inolvidable. ¡Qué alegría volver a estar juntos!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Y juntos llegamos a otra bonita ciudad llamada Cochrane . Nunca olvidaré esta ciudad, pero no por el valor en sí misma que esta pueda tener o por el espectacular entorno en el que está enclavada, sino porque sería allí donde conoceríamos a una pareja de simpáticos japoneses cicloviajeros que más adelante terminarían convirtiéndose en dos de las personas más importantes de mi viaje.

Dado que Tomoki y Shizuka no hablaban “ni papa” de Castellano y que parecían ser bastante tímidos, nuestro primer contacto no fue más allá de un par de insustanciales conversaciones en el camping donde los 4 estábamos alojados.

Partimos todos por separado y en momentos diferentes. Noe y yo lo hicimos con la intención, esta vez sí, de pasar unos días en soledad hasta encontrarnos en Caleta Tortel.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fueron unos días que no estuvieron del todo mal pero no es fácil disfrutar de la soledad cuando uno lo hace bajo una incesante lluvia. No conseguía encontrar mis amados ratitos de tranquilidad en los que escribir o leer. Mi amada hamaca, máxima expresión de felicidad y buen vivir, se pasaría toda la Carretera Austral en el fondo de las alforjas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Caleta Tortel es un enigmático y bellísimo pueblo construido en su totalidad sobre pasarelas y escaleras de madera alzadas sobre palafitos, que descolgándose sobre un par de abruptos cerros se desploman sobre el mar. No existen calles. No hay coches. Solo una cantidad ingente de madera surcando un paisaje excepcional. De nuevo fue emocionante encontrarme allí con mi compañera de aventuras

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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