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Antes de bajar me paré en un ciber para ver dónde podría encontrar un hotel barato al que dirigirme. En mi Facebook había un mensaje de un tal “Títeres Rajatabla “ quien había escuchado hablar de mí y quien me invitaba a una obra de títeres en una pequeña sala de un parque céntrico tan solo un par de horas más tarde. Igualmente me ofrecía su casa para descansar.

¡Menuda suerte!. Valpo parecía conocer las enormes expectativas que había puesto en ella y se había dispuesto a no defraudarme.

Esta ciudad portuaria se organiza según una docena de abruptos cerros que, dispuestos en abanico, rodean la bahía a la que se asoman. Cada uno de estos cerros es un barrio. La casa de Martin estaba en uno con un sabor especial que, gracias a la escasa afluencia de turismo, parecía conservar toda la esencia y la idiosincrasia propias de la ciudad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nunca dejó de ser mi cerro favorito, siempre sorprendiéndome con sus caóticas calles sobre las que se desploman maltrechas fachadas que a duras penas se mantienen en pie y que, si no han sido parcheadas con chapas onduladas rebosantes de óxido, han sido honradas con gigantescos grafitis que inundan de color hasta el último de sus pliegues. La decadencia en su máxima expresión de belleza, cautivándome y emocionándome con cada uno de sus rincones. Valparaiso ha sido, sin duda alguna, la ciudad que más me ha gustado del viaje.

 

 

 

 

 

 

 

 

Martín estaba de Rodriguez y también acogía a la entrañable pareja de argentinos que habían realizado el show del parque y con quienes compartí los dos primeros días de los diez que pasé allí. Mi anfitrión y yo encajamos realmente bien, a pesar de lo tremendamente diferentes que somos. Martin es una enciclopedia con patas. Los libros atestan todos los rincones de su hermosa y viejita casa, y sin quererlo la decoran con la exquisitez que tan solo la aleatoriedad y su desorden son capaces de conseguir. No me aburrí ninguna de los cientos de horas de conversación que compartí con mi interesantísimo y carismático amigo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Como la mayoría de las ciudades decadentes, Valpo goza de un aire bohemio y está repleta de artistas. No quise desaprovechar la oportunidad de, por primera vez en mi viaje, rodearme de ellos, compartir conocimientos y disfrutar de grandes momentos llenos de “color”. Entre ellos estaba Rafa, un buen amigo titiritero a quien conozco desde hace bastante tiempo y que recién regresaba de su gira española. Consternado me reconocía lo mal que le había ido en nuestro país y lo duras que se estaban poniendo las cosas allí para los artistas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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