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En mi camino hacia el sur seguiría disfrutando de la hospitalidad de los chilenos. Llegando a San Antonio entré en la tiendecita de Michael y su familia para comprar una cebolla y terminé quedándome un par de días con ellos. No fue la enorme habitación donde me alojaron, ni su televisión de plasma, ni cualquiera de las comodidades con las que fui agasajado, sino el cariño de esta maravillosa familia el que hizo que me sintiera tan bien esos días

En San Antonio me acerqué a la playa para decirle nuevamente adiós a la costa pacífica. Algunos de sus obesísimos habitantes me sorprendieron repentinamente para sumarse a la despedida. No esperaba ver lobos marinos en esas latitudes y mucho hacerlo a tan escasos metros de donde me encontraba

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las intransitadas carreteras del interior que debían conectarme con la ruta 5 (ruta principal que recorre casi todo el país de Norte a Sur) serían, como siempre, las que me traerían las mejores experiencias. A mi entrada en Santa Cruz, en un cruce de dos vías principales, un chico que conducía una camioneta blanca miraba con cierto asombro mi carrito mientras esperábamos nuestro turno para cruzar. Le miré, me miró y le sonreí, regalándole parte de esa contagiosa alegría que por suerte me ha estado acompañando desde el principio del viaje. Le faltó el tiempo para preguntarme desde su ventanilla dónde pensaba dormir. Miguel me propuso retirarnos a un lugar seguro para conversar y en vista de que no acepté su invitación para descansar en su casa, muy distante del pueblo, insistió en que lo hiciera en la de su buen amigo Neftalí.

Es impresionante la fuerza que tienen una mirada limpia y una sonrisa lozana y sincera. Estas pueden llegar a expresar más que cualquier argumento, por muy convincente que este sea. La mirada y la sonrisa son además idiomas universales por lo que serían lo primero que echaría en mis alforjas si pretendiera dar la vuelta al mundo. No me cabe duda que me llevarían hasta donde me propusiese llegar.

Se dice de ellas que son el espejo del alma. Quizás sea por eso que son capaces de abrirte las puertas más infranqueables, ablandar los corazones más endurecidos y tranquilizar los espíritus más temerosos. Esto es algo que compruebo casi a diario en mi viaje

Mirar a alguien y descubrirlo en su mirada y en sus gestos (y que igualmente lo puedan hacer contigo) me resulta algo fascinante

Neftalí y su familia parecían haber diseñado su jardincito unos años antes esperando que algún día apareciera con mi tienda para plantarla allí. Con el tamaño perfecto y dos limoneros deseando sostener mi hamaca, aquel jardín y aquella afable familia cuidaron de mí durante un par de días en los que me sentí realmente a gusto.

Miguel nos visitaba a menudo y mostraba un entusiasmo inusual por mi proyecto. Tanta era su insistencia invitándome a la cabaña que con tanta ilusión acababa de construir junto a un río que pasa cerca de su casa y de la de sus padres, que no pude negarme.

Cuando llegué allí no podía imaginar tantísimo lujo. Mi amigo había construido aquel nidito de amor con la intención de alquilarlo a parejas adineradas que recorrieran la zona haciendo turismo enológico. Una enorme vidriera circular que ocupaba casi la totalidad de la cabaña, metía aquel río y sus riveras en el salón. Una enorme pantalla de plasma con todos los canales habidos y por haber trató de disputarle mi interés. De nuevo una rotunda derrota para las tecnologías (a pesar de que me paso todo el día al exterior), que cada día me aburren más.

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