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Miguel me llevaba y me traía al pueblo y aunque me esforzaba una y otra vez en hacerle ver que sobrestimaba mi viaje y la labor social que venía desempeñando, su fascinación parecía crecer sin medida. Estaba convencido que era yo el que me equivocaba en la percepción de la realidad. Mi amigo era todo un derroche de energía y con la facilidad que tiene esta para transmitirse, pronto había contagiado su pasión a toda su familia, a sus amigos y por qué no decirlo, a todo desconocido que se cruzara en nuestro camino. En los supermercados, en el museo, en la calle…, Miguel paraba a cualquier extraño, sacaba su móvil y les mostraba entusiasmado alguno de los videos que tengo en internet mientras los iba aderezando con detalles que él consideraba necesarios. Nunca tuve aires de grandeza y aunque esto me mataba de la vergüenza, debo reconocer que la expresión de ilusión de Miguel, con aquel brillo en sus ojos, me llenaba de emoción y orgullo.

Tanto fue el amor que recibí de esa familia el tiempo que pasé con ellos que no supe encontrar las palabras para transmitirles cómo me habían hecho sentir. Miguel, su padre, su madre, su novia y Neftalí, me trataron con tantísimo cariño que merecerían una única crónica para explicar todo aquello que me dieron.

Por suerte viajo con ese cajón mágico que me permite dejar también algo de mí por estos lugares en los que tanto recibo y así nivelar un poco esa desequilibrada balanza en la que los viajeros salimos tan favorecidos.

Fueron tres los espectáculos que ofrecí en Santa Cruz; pocos si se enfocasen desde el punto de vista de compensar lo recibido. El primero fué en un asilo de ancianos, otro en una escuelita rural y el último en una escuela de la ciudad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Me encontraba en una zona de alto interés vinícola, quizás por eso muchas de las instituciones donde realizaba una representación, me mostraban su agradecimiento regalándome un par de botellas de vino. Mi grado de alcoholemia en esta zona del país creció notablemente…

En Chillán, en el interior del país, se sumarían a la lista Luz y Sylvain. Luz es una simpática chilena que “atrapó” a su príncipe azul francés cuando este, tras cinco años de viaje a pie, cruzaba el país. Horas y horas de interesantes conversaciones harían que los 4 días que estuve con ellos pasaran volando.

Continué descendiendo hacia el sur por la ruta 5. Esta autovía bien podría resultar monótona y aburrida pero todo tiene su lado positivo y a cada situación puede sacársele provecho. Un buen pavimento, un enorme arcén y unos desniveles sin subidas bruscas eran el escenario perfecto para devorar kilómetros sin esfuerzo.

Poco atento a lo que me rodeaba y ayudado de la música para buscar la inspiración, me dejaba llevar por mis automatizadas piernas mientras se me pasaban las horas pensando, ilusionado como un niño, en el nuevo espectáculo que estoy preparando para la vuelta a España. Un pequeño cuadernito adherido a mi manillar era el encargado de recoger aquella lluvia de ideas que se amontonaba en mi cabeza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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