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A estas comodidades se les sumaban las de las macro-estaciones de servicio, que con baños, internet y enormes extensiones de césped a su alrededor donde montar la tienda, resultaban ser el lugar perfecto donde parar a descansar cada día.

Con esa dulce monotonía llegué a Temuco donde me esperaba Camilo, un joven cicloviajero especialmente agraciado en eso de la comunicación a través de la mirada y la sonrisa. Tan solo su foto de perfil en Facebook era suficiente para adivinar que se trataba de un personaje tremendamente entrañable y de un corazón enorme, algo que parecía haber heredado de su padre. Ambos cuidaron delicadamente de mí los días que pasé en su casa. Mi vividor amigo y yo “viajábamos” juntos en su salón, sumergiéndonos en los enormes mapas que, amontonados y desplegados sobre la moqueta, se convertían en montañas, lagos y caminos por recorrer. Camilo me ayudó a rediseñar por completo mi ruta hacia el sur. Su naturaleza siempre me recordó a la de Miguel; tan pura, tan en paz consigo mismo.

Volvería a cruzarme con él un poco más adelante, en Villarrica, en casa de su abuela quien también me recibió con una hospitalidad y un cariño exquisitos

Atravesando la región de los Lagos de Chile, encararía una vez más la cordillera andina, mucho más menguada en estas latitudes, para pasar al lado argentino. Buscando los paisajes más bonitos y la tranquilidad de las rutas más solitarias escogí cruzar por el paso Hua Hum. Para llegar hasta él debía coger un barco que me llevaría al otro lado del alargado lago Pirehueico, donde un bonito camino entre lagos y alerces centenarios me llevaría hasta el aislado puesto fronterizo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  Por tan solo 5 minutos de retraso tuve la tremenda suerte de perder aquel barco. Todo un día de espera por delante era la excusa perfecta para pasarme por la escuelita de Puerto Fuy y ofrecerles un espectáculo. Una vez lo hube terminado Miguel, quien se encargaba de la limpieza y el mantenimiento del centro, se acercó a preguntarme dónde pensaba descansar aquella noche. “En tu casa”; me faltó contestarle. De nuevo la mirada de alguien era más que suficiente para entender que aquel hombre estaba dispuesto a darme todo lo que estuviera a su alcance.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Miguel y Jesica, además de abrirme las puertas de su casa, me agasajaron con la mejor comida de la que disponían y llenaron mis alforjas con ricas provisiones para que al día siguiente pudiera, aun en la distancia, seguir disfrutando de su generosidad.

Siendo una de las rutas menos “interesantes” de las que había previsto recorrer, esta zona central de Chile me ha dejado un sabor de boca mucho más sabroso que el esperado. No me cansaré de insistir en que es el aspecto humano el que está abarrotando mi cuaderno de Bitácoras de bonitas historias, son las personas y lo que comparto con ellas las que están enriqueciendo tanto mi viaje.

Por eso haré algunas correcciones a las advertencias recibidas con las que comencé esta crónica y diré que: “Los chilenos son anti-apáticos y estirados de corazón”, tan, tan estirados que a muchos no les cabe ni en el pecho. O al menos lo son aquellos que tuve la suerte de cruzarme en el camino.

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