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Y para que no parezca que ando comiendo flores siempre que escribo, seré crítico. Con todos mis respetos y desde mi punto de vista totalmente relativo, los chilenos tienen un gran problema; el peor y más injusto sistema político-económico de todo Sudamérica. Un sistema que arrastra toda la porquería de una muy reciente dictadura. Chile le vendió el alma al diablo y estará mucho tiempo pagando un alto precio por ello. Con una educación privada y con prohibitivas tasas para estudiar, los alumnos se endeudan hasta las cejas para que los de siempre se enriquezcan. Igual ocurre con la salud, las pensiones y tantas otras cosas. En Chile “todo” es privado y pertenece o bien a una de las 7 (una más, una menos) familias multimillonarias del país o bien a capital extranjero. Incluso la naturaleza tiene dueño. Muchos de los Parques Nacionales pertenecen a ricachones que los explotan con los precios que ellos consideran. Varias son las cascadas que no he podido visitar porque los precios que su dueño ha puesto para visitarla rozan el absurdo. No es diferente para los lugareños quienes siempre disfrutaron de estos lugares mucho más “suyos” que de ningún capital privado.

En Chile he echado muchísimo de menos la idiosincrasia de los otros países visitados. Aunque quizás no me venga tan mal encontrarme con una cultura tan capitalista, mucho más cercana a la de mi país. Así mi regreso el próximo 6 de Marzo será menos brusco e impactante.

Haber puesto fecha de vuelta a mi viaje ha supuesto un enorme cambio en este. Hasta que compré mi billete de vuelta no tenía ningún problema en ir alargando, día tras día, mi estancia en aquellos lugares en los que me sentía a gusto. Cada noche podía decidir, sin la menor de las preocupaciones, qué deseaba hacer la mañana siguiente. Viajaba sin prisas ni plazos que cumplir; una experiencia tremendamente liberadora y terapéutica que contrastaba con el frenético ritmo de vida que solía llevar en España.

Todo esto ha hecho que reflexione acerca del tiempo y de cómo este juega un papel tan decisivo en nuestras vidas.

Y es que en nuestra sociedad el tiempo es dinero y el dinero lo es todo. Es el más cruel de los engaños; el señuelo perfecto de la trampa en la que caemos todos. Trabajamos como locos para comprar cosas innecesarias sin darnos cuenta de que estamos pagándolas con nuestro tiempo. Y es que; ¿Qué hay más valioso que nuestro tiempo? ¿Cómo podemos venderlo a tan bajo precio? Cuando veo a las personas frustradas por lo rápido que pasan esos 15 días de vacaciones veraniegas en las que tantísimo disfrutan, me pregunto cómo hemos llegado a este absurdo de dedicarnos un porcentaje tan pequeñito de nuestras vidas a nosotros mismos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Desde hace casi 2 años viajo con muy pocas cosas materiales. Tan solo lo que necesito para comer, dormir, transportarme, no pasar frío y hacer mis espectáculos. No he echado de menos ni una sola de las miles de “cosas” que abarrotan mi casa de Sevilla. En cambio he tenido todo el tiempo del mundo para dedicármelo a mí mismo, para disfrutarlo sin prisas, sin relojes ni alarmas, sin agendas, sin días de la semana. Disfruto inmensamente de las “pequeñas” cosas: tumbarme en mi hamaca a mirar las nubes pasar, dormir una siesta en un césped rodeado de flores de colores, o sentarme a charlar con un campesino ofreciéndole un café preparado con mi pequeña cocinita portátil.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desesclavizarme del tiempo ha sido la mejor de las experiencias y el mayor de los aprendizajes de mi viaje. Algo que veo aun con más claridad ahora que comienzo a tener plazos y fechas que cumplir y puedo comprobar cómo esto afecta tanto a la manera en que disfruto de las cosas.

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