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Todos nos advertían que la subida a Mérida era una auténtica locura. Entre nosotros y la deseada capital andina se interponía una de las carreteras más altas de todo Sudamérica. Y así se reflejaba en los mapas y en el gps: una vertiginosa subida de 70 km en los que deberíamos ascender desde los 200m donde nos encontrábamos, hasta los 3600m de altitud (sirva de referencia la cumbre, que no la carretera, más alta de la península ibérica datada en 3395 m). La verdadera complicación no era el desnivel a pedalear sino el hacerlo cargando 90 kg de peso. Edgar ya la había subido unos años antes y aun llevando mucho menos equipaje del que cargaba en este viaje tuvo que subirla caminando prácticamente en su totalidad, hazaña que le llevó tres días realizar.

La pregunta era bien sencilla… ¿Por qué buscar el sufrimiento teniendo una segunda opción tan cómoda y agradable? La respuesta es bien complicada… Aparte de la poderosa e implacable llamada de la montaña cuyo poder de atracción tiene una fuerza increíble, está el reto físico. Esta absurda motivación que nadie sabe de dónde nace y cuyo sinsentido hace difícil de comprender cuáles son las razones por las que una persona es capaz de perder los dedos de los pies, o incluso la vida, por culminar una complicada ascensión a una cumbre, tiene en algunos una fuerza demoledora. Por una inexplicable razón, cuanto más complicada nos presentaban la ascensión, más nos motivaba enfrentarnos a ese reto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Como si del canto de las mitológicas sirenas se tratase, fuimos atraídos por aquel imponente horizonte dibujado por una gigantesca silueta que se alzaba ganándole terreno al cielo y que a la vez que asustaba se transformaba en un pellizco de euforia y de emoción en el estómago. Así en Barinas cambiamos nuestro rumbo y encaramos con decisión aquella enorme pared que los últimos días nos había acompañado inofensiva, pero desafiante.

La cabeza, bien armada y motivada hasta el extremo, hizo magistralmente todo el trabajo dejando a las piernas la labor secundaria y banal de pedalear. Cuanta más inclinación tenía la pendiente, con más ahínco y corazón la subíamos, y cuanto más ahínco y corazón le poníamos, más ganas teníamos de pedalear. Creo que es precisamente esta la razón por la que tanto me atraen los retos físicos, porque al fin y al cabo es un pulso que le echas a tu propia mente. Superándolo te sientes capaz de todo y se es capaz porque crees en ello. De nuevo descubres que los límites se los pone uno mismo. Lo físico es, en este caso, una mera excusa para experimentar esta máxima.

 

Y así, disfrutando intensamente de este reto y de los espectaculares paisajes que nos regaló la montaña llegamos, tras casi tres días de pedaleo, a lo más alto del páramo venezolano. Allí nos esperaba el premio al esfuerzo realizado y en esto de las gratificaciones la naturaleza no puede ser más generosa. La laguna de Mucubají, situada en plena cumbre, nos brindó el lugar perfecto para armar nuestras tiendas de campaña y pasar una noche inolvidable; inolvidable no solo por la extraordinaria belleza de aquel lugar y la euforia de haber sido unos auténticos “campeones”, sino por el frío tan terrorífico que pasamos aquella noche.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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